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llueve y llueve

¿Qué sucede en la tierra cuando llueve?

Se limpia el mundo. El aire.

Caen las sombras de los pensamientos, de los actos.

¿Nos renovamos?

¿Qué sucede cuando arrecia sin aliento?

Lluvia bendita, dirán unos. Maldita, otros.

¿Qué sucede con la humanidad, la naturaleza?

Sucede que los ríos crecen (me dice una vocecita por allí)

aumentan su caudal.

Se hace barro.

Los campos florecen o anegan.

El mar se empacha.

Los arboles agradecen, reverencian.

La tierra se mece y tiembla como en un orgasmo suave.

Hay gente que se moja, se resguarda,

sacan el agua que se coló por sus casas

y cuelgan la última prenda en lo alto de una lámpara,

o de la silla que hace equilibrio sobre la mesa.

O se empantanan tratando de rescatar lo imposible; mientras

los niños observan y juegan a ser remeros sobre el charco que domina

la entrada de las casas.

Otros quizás como yo, miran por la ventana y observan ese hilo de agua

que se pretende arroyo, que de tan despistado, crea una esclusa en el pasillo

para navegantes imaginados/imaginantes.





Por ejemplo, corazones que se cruzan bajo la lluvia,

terminan amándose en cualquier lugar.

Suceden tantas cosas cuando llueve…

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lee por mí

Ella repartía ante un público expectante, poemas.
Poemas huecos, profundos de sonidos brillantes.
Le decía a cada espectador: por favor, lee por mí, que tengo la garganta terrible, que me duelen la vocales, las palabras y me atraviesan consonantes.
Lee por mí (lo decía con voz clara, secreta).
Lee al vagabundo de la esquina, al caballero oxidado, a la viejita plateada, a la adolescente feroz, al niño caperucita, a la señora engominada, al joven imaginador.
Lee por mí, que yo no puedo con esta impertinencia.


Lluvia

Lluvia bendita
luz sobre la tierra.
Renacimiento de árboles
pariendo verdes
transparencias.
Un perfume penetrante salvaje
susurra, una vieja canción.
Algún día habitaré ese paisaje natural,
esencial.
Algún día me habitaré.