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relato

 

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Ay!! Libros

Hoy les traigo un pedacito del libro que estoy leyendo.  No diré mucho, ya que soy de las que creen que, es mejor que cada quien deguste, saboree o no,  a su propio ritmo.
Me pasa muchas veces, que algunos libros me llaman. Sí. Hay algo en ellos…  Las tapas, los títulos, autores (conocidos o desconocidos) que me gritan desde su silencio gráfico. Desde la mesa de saldos o los anaqueles de la biblioteca. Y ahí estamos. Otra vez.
Lo tomo. Miro. Le doy vueltas del derecho y del revés. Abro y leo al azar. Nos leemos. Coqueteamos.  Terminamos  por gustarnos. Me lo llevo.
Comienza  una historia de dos.
El libro y yo
Zambullirse en él, fue nadar como el salmón. Ahogarse. Salir a la superficie. Llegar a un remanso y descansar para volver a sumergirme en aguas frías, transparentes.  Aguas reveladoras.
Les dejo un  párrafo de ese río/libro que es “El rey se inclina y mata de Herta Müller” Ediciones Siruela

 

Cada lengua tiene sus propios ojos
En la lengua de mi pueblo –así me lo parecía de niña– todo   el mundo a mi alrededor disponía de las palabras para aplicarlas directamente a las cosas que designaban. Las cosas se llamaban justo como lo que eran y eran justo como se llamaban. Un acuerdo cerrado para siempre. Para la mayoría de la gente no había ningún resquicio entre palabra y objeto a través del cual mirar para toparse con la nada, como si uno se escurriera de su propia piel y cayera en el vacío. Las acciones cotidianas eran instintivas, trabajo manual aprendido sin palabras, la cabeza no acompañaba a las manos por sus caminos pero tampoco tenía caminos propios, distintos. La cabeza estaba para dar soporte a los ojos y oídos, que sí hacían falta para trabajar. El dicho popular: «Tiene la cabeza sobre los hombros para que, cuando llueve, no le entre agua por el cuello» podía aplicarse a la vida cotidiana de todos. ¿O acaso no? ¿Por qué si no, cuando era invierno y no se podía hacer nada a la intemperie, cuando mi padre pasaba días y días borracho como una cuba, aconsejaría mi abuela a mi madre: «Cuando creas que no aguantas más, ponte a organizar el armario»? (…)

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«A menudo me preguntan por qué en mis textos aparece tanto el rey y tan raras veces el dictador. La palabra «rey» suena suave. Y a menudo me preguntan por qué en mis textos aparece tanto el peluquero. El peluquero mide los cabellos, y los cabellos miden la vida.» Herta Müller


alguien dentro mío pregunta

¿Escribís el dolor?
No. Hay demasiado dolor dando vueltas por el mundo; para que sumarle uno más. Aunque en honor a la verdad… alguna que otra vez, he llorado letras-dolor-rabia en el papel.
¿Se puede escribir el dolor?
¿Se puede? No lo creo.
¿Por qué?
Porque es muy íntimo. Si lo has vivido, sabés que se siente como una puñalada en el pecho.  ¿Te das cuenta que utilizo una metáfora para poder contarlo? Mil metáforas distintas e iguales en su sentido  no podrían explicar lo que se siente, sea dolor, amor, felicidad, ternura, fiereza. Lo podemos imaginar, pero la única manera de saber de qué se trata, será vivirlo.
Otro ejemplo.
Quiero contarte lo que sentí al conocer a una determinada persona, que quiero mucho. Entonces te digo “conocerlo fue como tocar el cielo con las manos”
¿Has tocado el cielo con las manos?
La palabra además de la comunicación cotidiana, también nos sirve para crear mundos  metafóricos que puedan decir lo imaginado o sentido, sobre todo si hablamos de poesía.La palabra es canal, medio, herramienta. Nunca la experiencia en sí.
¿Por qué escribís?
Porque en la escritura puedo puedo vislumbrar-me, en partes, como un espejo roto.
Calidoscopio de yoes.
Sí y no. Si fuésemos exactamente igual a todos los días ¿cómo sería posible el nacimiento, el crecimiento, incluso la misma muerte? ¿Podemos decir que estamos vivos? ¿Te has puesto a  pensar que el nacimiento implica una pequeña muerte? Pasamos de un estado líquido a uno gaseoso. Parece increíble.
Otro ejemplo. ¿Cómo hacerte sentir lo que siento, bajo este fresno inconmensurable vestido de otoño. Jugando sus amarillos con mi cuerpo. Perfumando con sus ocres la piel? Aromas de la tierra en su descenso.
¿Cómo?
Dice Cortázar: 
“Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. ….

***

de hilos para una urdimbre

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de las palabras que me gustan

Apetece. Pereza. Liado.

Me apetece la pereza pero estoy ¡tan liado!, que no puedo siquiera permitirme apetecer, sin sentir pereza.

***

Palangana (rara, extraña)

Qué macana dijo la palangana que en este patio no tengan agua.

***

Farfalla (mariposa en italiano)

Y es que suena tan bonita cuando la dicen; que sus alas rozan la piel.

***

Metáfora

Etérea. Nos toca y no se deja ver.

***

Estas son sólo algunas, hay muchas más. ¿Y a vos, cuáles te gustan?

Nota del autor:
Que me perdone la RAE, pero me cuesta mucho no ponerle acento al “solo” que juega de adverbio.

 

 


breves, brevísimos

Amo el otoño.
Su silencio amarillo
El arrullo de su voz
La promesa exacta
que encierra su vientre.

***

Fui a tu boca, al rescate de las palabras que se me olvidaron.

***

La nieve; y su maravillosa conspiración geométrica.

***

He de confesar que algunas de mis malas virtudes, las quiero tanto,

que he decidido colocarlas junto a las buenas.