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impulso suicida de un móvil

Cansado de tanta cháchara, de mensajes telegramas. Cansado de tantos contactos, que no contactan nada; decidió emborracharse. Fue así que, gracias a la mano amiga de su fiel compañero de vuelo, salto al vaso de vino.                                            Entró en coma.


asociación libre

Sucedió que.
El hijo, viendo que la madre no se lanzaba con premura risueña a la avanzada en telefonía móvil, le regaló uno. Pantalla táctil, internet, Wifi (que pronto según leía por ahí, será Lifi, internet a través de ondas lumínicas Led, si mal no entendí), en fin un objeto muy interesante, con un sinfín de íconos que no sé para qué sirven, ya lo descubriré, o no.
Todo una belleza, el telefonito, pero… siempre hay un pero.
A los tres días de andar husmeando como se usa, que tiene, que le falta, se apaga. Se apaga no el celular, sino la pantalla. La pantalla comienza a negarse a abrir su ojo. Quiere dormir. La entiendo. Pero no quiero que duerma, quiero saber de qué trata lo que esconde en su ojo cíclope. Ni modo. Unos días después, no había forma de despertarlo de su letargo autoimpuesto, o generado vaya a saber porque motivo. Hete aquí, que luego de varias investigaciones y consultas con otros internautas que tienen el mismo fono, nos pusimos con el hijo a tratar de solucionarlo. Nada. Después de cinco horas de probar e intentar, nada. Cuando nos dimos por vencidos y ya decidía llevarlo al técnico (por qué será que nos resistimos tanto, a llevar las cosas al técnico, bueno al menos yo me resisto) dice el hijo
_ Ma, sacale la tarjeta de memoria, encendelo y veamos qué pasa.
Y como una buena súbdita, hice sin chistar. Resultado, el telefonito anduvo.
Ahora viene lo interesante. La sensación. La reflexión.
Tener un teléfono móvil sin tarjeta de memoria, era a mis sentidos, como tener una cáscara sin su contenido. La cáscara para lo básico, funcionaba. Mandar mensajes y hablar y hablar no era un problema. El ojo cíclope dejaba hacer las mínimas cosas.
Luego, guardar un texto, un archivo, una foto, era impensable e inviable.
Y allí fue que tuve una pequeña revelación y entendí que tal vez nuestra alma, fuese eso, un tarjeta SD holográfica, que contiene absolutamente cada gesto, amor, juego, palabra, pelea, rencor, dolor, alegría, movimiento, sueños, etc En fin, la vida, a través de la vida, una y mil veces. Entonces me pregunté.
¿Será la tarjeta de memoria una representación concreta y básica de lo que pudiera ser el alma?
¿Será que en esta avanzada tecnológica, tal vez los científicos puedan dar con la punta del ovillo, que transporta la pregunta fundamental de la vida? ¿Dónde está el almaaaaa?
Porque, siendo que tenemos memoria, cabría preguntarse dónde se asienta. ¿En el alma? ¿En algún sector del cerebro? ¿En el cuerpo? ¿En ninguna parte en especial, sino en esta unidad que somos, Cuerpo/Mente/Alma?
¿Dónde se resguarda la memoria? ¿En nuestro cuerpo? ¿En algún cuenco invisible modelado de pura energía, la energía vital?
¿Dónde?
Extraña sensación, hacerme todas esas preguntas, porque un objeto casi de culto, me lo inspira. Y ahora que lo digo lo pienso. ¿Qué sucedería si nos relacionáramos con cierta veneración, entre la raza toda y las diversas manifestaciones de la vida? Lo sagrado y lo profano abrazándose, fundiéndose.
Quien sabe, quizá el mundo sería un lugar mejor