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de amores…


Tengo un amor impotente
contenido
como lago
en su represa

Un amor que tiene
alas
que es barro
mar y sal

Un amor que se arrastra
y eleva
dentro de los muros
de este cuerpo mío

A veces…

en tu cercanía
se desata

El Bar

Abro la puerta. El tufo de la noche siegue recostado en la barra, las mesas y las sillas. Un olor extraño lo habita y se confunden en ese silencio matinal, con en el ruido que discurre en la calle.
Entro. Enciendo la máquina del café expreso. Barro los últimos restos que quedaron dominando el suelo y controlo a ojo vista, que todo esté en su lugar.
La vieja foto de los antiguos dueños no se ha inmutado, salvo por la tonalidad amarillenta que la cruza, porque a cierta hora del día la atraviesa el sol, como queriendo recomponerla para traerla a la vida.
Todo está quieto, sin embargo algo se mueve detrás de mí. Hace un tiempo que lo percibo, pero no puedo captar de qué se trata.
Llueve.
Los clientes se demoran y yo me entretengo en mi empecinamiento por matar una vieja cucaracha, que hace días juega a las escondidas conmigo.
Comienzo a cansarme de este juego y me dispongo a tomarme un café bien cargado.
Hoy todo se demora, tampoco han llegado las medialunas.
Sentado ya en mi lugar de siempre, paseo por el diario, deteniéndome solo en los titulares. Cuando levanto la vista, la mujer de la vieja foto ha desaparecido. Me restriego los ojos, pero ella sigue ausente en el retrato.
Una voz suave llega desde la esquina más oscura, y yo, no acierto a girar, para comprobar que tal vez esté sentada allí, justo en el extremo más desierto del bar.
Susurra cosas que no alcanzo a descifrar.
Giro y la veo observándome. Sus ojos tintinean y en el destello diminutas sonrisas se disparan en el aire.
Respiro agitado, inmovilizado por el temor.
Con voz pausada me dice “hoy no, pero tal vez un día de éstos, cuando no me temas, te cuente por qué estoy aquí”

breve bajo la luna

Incandescente
lejana
provoca mis huesos.
Es la luna
el barro en la costilla…

La memoria desolada
duerme
bajo una nueva piel


poesía mínima

Soy cuerpo

poesía

Léeme

y guárdame por siempre

en el bolsillo izquierdo

de tu camisa

LLoró hasta agotarse

Juntó sus lágrimas

en un frasquito de cristal,

y en un acto de amor

se las obsequió al mar

***

Sentada en su trono

ensueña

Incrédula reina,

no lo pudo ver

Ella era un sueño intangible

de pies desnudos


Silvestre

Nace de la tierra
Húmeda
fértil
abraza el sol
Con impaciencia
espera la noche
adormecida
entre sonidos estelares
Su música
es su alma
que navega sutil
entre partituras de vida
Destella reflejos
de urgencia
que crece y despliega
entre el día y la noche
Inocente
audaz
se incorpora
brilla
tiene luz propia
única entre miles
su néctar
es su esencia
y ella la brinda

cadenciosa

amorosa…


Diurna

De las estaciones del día, amo la mañana.
Ver clarear, despuntar el sol, observar los diferentes tintes con que el cielo se va pintando. Detenerme en los árboles que en su mudez me cuentan cosas que no alcanzo descifrar.
En esos momentos soy la tierra, soy el cielo.
De camino al trabajo, la transparencia fría del día, impregna el rostro, la piel. Y si hay luna, me siento acompañada, me hace un guiño gélido pero cálido.
Casi no hay gente, ni autos a esas horas tempranas…
Disfruto el silencio de mi ciudad, de sus calles vacías, de sus veredas transgredidas por los humores de la noche.
En esos momentos soy la tierra y soy el cielo.
Nada se presiente…
Soy presente irremediable con el día.