Archivo de la categoría: flores

poesía y esa extraña manera de decir las cosas…

he llegado hasta aquí

a parir un viejo amor,

un amor rebelde

inquisitivo

vuelto espejo



nació

de las profundidades del mar

en las grutas adormiladas

en la espesura de un cielo

desconocido



un amor

del que fuí su mayor discípula,

la única,

ha quien estaba destinado



un amor que me enseñó a

a caminar mis sombras,

mis dobleces

y pequeñeces



he venido hasta aquí

a confirmarlo

a transformarlo

en brisa



y que el trino de los pájaros

se lo lleve

prendido de flores

a un lugar mejor









*****
foto tomada del banco de imágenes gratuitashttp://trinixy.ru/40904-krasivye-lesa-22-foto.html


hoy

Quisiera regalarte mi último amor
mi última sed
que sean mis manos pies desnudos
sobre tu piel
retener tu aliento
como brisa susurrada a mi alma
tierra húmeda en espera,
beso semilla
que florece desde
una herida antigua

Quisiera regalarte mi único amor
porque no tengo otro
porque el vacío se ha hecho añicos
y en el espacio circundante
entre tu mirada y la mía
restos fósiles vuelan
arañando este afecto
que asfixiado de tanta ausencia
anhela desaparecer

Hoy
quisiera cerrar los ojos
que se engendre un milagro
y aparezcas entre las luces de este amanecer
que se demora
para que con un gesto
desbarates la tristeza
si es que entre los dedos
trajeras amor compartido

Desnuda bajo esta noche
gélida
le susurro a la luna
un anhelo:
que con un guiño

de luz,
acribille
este sentir

Hoy que no estás…

obra: cambio de brisa

Lola

Era una noche cálida, de esas que se adelantan al nacimiento del otoño, presagio de una aventura, de una enmascarada primavera. Ella, Lola, eterna soñadora, se refugiaba en su sofá de terciopelo azul.
Cansada y desnuda había logrado dormirse asida a un recuerdo, que como un fantasma inquieto y de soslayo conspiraba contra sus emociones, mientras que una brisa suave se colaba por el balcón y la acunaba sigilosamente.
Cuando despertó a la madrugada su cuerpo brillaba en sudor y sus manos entre sus pechos hurgaban recuerdos.
No quiso abrir los ojos, no quería reconocerse ni mirarse ni observarse, todo para no saberse. Copiosa e inundada por flujos y humedades su cuerpo se abría como una flor al sol.
Lentamente y con los ojos aún cerrados, comenzó a bucear palabras, frases mutiladas y en cada silencio intentaba ahuyentar el sueño vívido, que arremetía sin piedad sobre su piel, sus anhelos, sus dolores. Había comprobado una vez más, que no alcanza con retirarse la máscara que tan bien conformamos delante de los otros, sino que detrás de esa, se hallaban otras y aún más, como la piel de una cebolla.
¿Cuándo llegaría a la verdad?…
Entonces el reflejo del sueño en ese instante fue su verdad, la de muchos que como ella, solo se permitían ser a través de los sueños. Tomó una decisión, vivirlos.
Esa mañana mientras se duchaba pensó en los próximos pasos a seguir, y luego de vestirse parsimoniosamente y con colores ajenos a su manera, partió a un bar. Allí se sentaría en una esquina indefinida, para observar cuanto tuviera ganas y detenerse en la mirada de algún hombre. Fueron muchos días de intentarlo. Al quinto de esa mañana fresca y nítida, acertó con la mirada que tanto buscaba, él parecía un hombre afable, sereno, muy acicalado, “¿sería contador?, se preguntó, no lo creo, pensó, tiene aire de intelectual, de artista acomodado a los tiempos que corren”
Ante tantas dudas decidió observarlo con detenimiento. Con sus ojos grandes como una luna bañada en miel, se detuvo en su imagen, así logró que él se fijara en ella. La miró y le esbozó una sonrisa, procediendo a instalarse en el extremo opuesto del bar.
Desde allí jugaron largo rato entre inquietantes dudas y certezas.
Lola atinó a levantarse, pagar su café y salir a la calle. Él hizo lo mismo y la siguió.
Se alcanzaron en los semáforos de una calle desierta, la rozó con sus manos y sin mediar palabras se encaminaron a un hotel, de esos, que albergan amores, deseos, desencuentros y fantasmas pasajeros.
En la cama con mucha sutileza y lentitud, él la había desvestido. Lola se dejaba hacer. Lo besó con ardor y lo acarició con cierta premeditación, esperando la entrega, la embestida. El tiempo detenido atestiguaba un placer robado de una esquina de la vida.
¿Se disfrutaban o se buscaban?
Cuando Lola salió a la calle, su aire como el de la vieja ciudad era nuevo, su apariencia extraña.
La ventana de su cuarto denunciaba el nuevo día, el devenir, y allí estaba con su vestido rojo, descalza, sentada al borde de la vida, oteando el gris de la ciudad.
Hastiada y devuelta a sí misma dormitó hasta el anochecer.
Cuando sus ojos mojados por lágrimas sempiternas no la dejaron ver con claridad, se levantó, respiró profundo y como quien camina por la orilla de un abismo, miró las distancias que la separaban de la vida. Se asustó, pero el pánico no pudo detener el sueño y su cuerpo se estremeció en un último estertor, sobre una vereda coronada de hojas viejas.
Suspiró. Un hilo de vida sangrante, lloraba ante tantos sueños rotos.
*****
Obra: sin título
Mónica Goetze

poesía mínima

Soy cuerpo

poesía

Léeme

y guárdame por siempre

en el bolsillo izquierdo

de tu camisa

LLoró hasta agotarse

Juntó sus lágrimas

en un frasquito de cristal,

y en un acto de amor

se las obsequió al mar

***

Sentada en su trono

ensueña

Incrédula reina,

no lo pudo ver

Ella era un sueño intangible

de pies desnudos


Silvestre

Nace de la tierra
Húmeda
fértil
abraza el sol
Con impaciencia
espera la noche
adormecida
entre sonidos estelares
Su música
es su alma
que navega sutil
entre partituras de vida
Destella reflejos
de urgencia
que crece y despliega
entre el día y la noche
Inocente
audaz
se incorpora
brilla
tiene luz propia
única entre miles
su néctar
es su esencia
y ella la brinda

cadenciosa

amorosa…