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un paréntesis, para contarles una travesía.

 

Antes de partir a la gran ciudad, inconscientemente he colocado en mis ojos una videocámara.
Una amiga de una amiga me ha advertido que lleve mucha paciencia. Ha dicho: “las colas son eternas y solo entregan 100 números”
Les advierto: estamos en Argentina. El país donde todo es posible. Soy una de sus millones de ciudadanos. Tierra hermosa.
Luego de cuatro meses de andar circulando entre Aduana Buenos Aires y Aduana Córdoba; recibí una notificación del Correo Argentino en la que me informaban que debía retirar en la casa central (léase Córdoba Capital), un paquete que venía desde muy lejos, desde el otro lado del charco y más allá.
Sabía que era un libro, porque mi amigo,  autor de tan bello presente, me escribió preguntándome  si lo había recibido. Que conste que el envío fue realizado allá por septiembre de 2016.
En dicha notificación decía que debía presentarme en la oficina de Aduana del Correo Argentino;  abonar $100 y qué,  por cada día de retención del paquete en depósito me cobrarían $10.
Investigué si correspondía pagar; no porque me fuera hacer más pobre o menos rica, sino porque me latía estafa. Unos me dijeron que no y otros que era la comisión del correo por la gestión. Preguntas:
¿Qué gestión? ¿Acaso no se supone que el correo está para eso, para hacerte llegar a tu casa lo que te envían, salvo que sean compras o cajas muy  pesadas?
En fin… Allá fui.
7.45 hs. La fila a esa altura alcanza los 50 metros; para cuando se decidieron a atendernos y hacer entrega de los números, eran las 9.30.
Fui nominada con el número 69. A esperar de nuevo.
A eso de las 12 estaba dentro de la oficina, que por cierto, es bastante deprimente. El espacio es reducido y no hay baños para los que allí esperamos como mansos borregos. Sí,  mansos borregos. Todos haciendo gala de una paciencia infinita y con unas ganas locas de salir de allí.
El calor aprieta y un ventilador gigante como molino de viento, apacigua el ambiente caldeado. Los ánimos van subiendo de temperatura. Nos vamos desgranando gota a gota.
El policía de turno se cree emperador, y habla de muy mal  modo a quien pregunta o quiere saber.
Nos miramos, nos quejamos en voz baja, y nos reímos porque no lo podemos creer. Somos los borregos de una burocracia irrespetuosa, de un sistema que no tiene por objetivo, el bien ciudadano ni de su tierra.
Por fin me llaman. Dos veces.  Lo hacen desde el fondo y no se entiende mucho.
Llego al escritorio de empleado y saludo. Me mira como si fuese de otro planeta, y creo que eso, saludarlo, acrecienta su cara de culo. Sin mirarme me pide la declaración jurada simplificada. Le respondo con tintes de enojo,  que no la necesito porque lo que me envían es un libro. Otra vez la cara de culo.
Toma el paquete de muy mala gana y de repente saca una trincheta de no sé dónde y lo abre como si estuviese abriendo la panza de un pescado. Mis ojos se cayeron del espanto. Temía por el libro. Me mira y balbucea no sé qué cosa.  Lo sigo en estado de trance.
Vuelve de dejar el paquete en un estante y me dice (siempre de muy mal humor) a la fila para que se lo entreguen.
Cuando llego a la otra sección de la fábrica de borregos, pregunto: ¿Por qué no me enviaron el libro a casa?  Silencio
¿Por qué debo pagar los $100? -Gestión del correo-.
¿Me podés dar el ticket? –Sí-.
Salgo airosa y con el libro entre mis brazos. Antes me he puesto de acuerdo con las chicas que estaban detrás  mío, para tomar un café en el bar de al lado.
Y mientras corroboro que todo esté bien, pienso en esa gente que está lejos de la capital; de la gran urbe. Que vive en el norte, sur ,este u oeste. ¿Cómo llegamos a esto?
Parece increíble. Una película surrealista.  No. Me equivoco. Somos un país surrealista que se cree el mejor. Para males,  los que dicen representarnos, se representan así mismos para su prole y sus amigos.
Aclaro que soy de las que creen que, hasta que no aprendamos a respetarnos y a valorarnos entre nosotros (algunos quisieron infiltrarse en la fila) seguiremos teniendo gobiernos de irrespetuosos y bandidos.
Pero como no me gusta criticar y no proponer soluciones, aquí algo que se nos ocurrió con mis compañeras de aventura.
*Instalar oficinas de aduanas,  en sucursales de correo argentino en aquellas ciudades que superen los 50.000 habitantes; para así descongestionar la casa central, acelerar las entregas, evitar el congestionamiento humano y por ende hacernos la vida a todos un poco más digna; que para eso se supone  están en el gobierno.
Los que tengan que pagar por sus compras deberán hacer los trámites en la sucursal de Afip (Administración Federal de Ingresos Públicos) más cercana y presentarse con la documentación.
Si quieren evitar que la gente compre fuera del país. Establezcan un sistema económico más justo y equilibrado. No puede ser que seamos un país tan caro.
Y si esto no le hace gracia, pónganse a trabajar por el bien de todos y a ver como lo solucionan. Porque a nosotros tampoco nos hace gracia tanta tomada de pelo.
Unas gracias enormes a  mi querido amigo, por tan bello presente.

 

Aquí algunas fotos

 

  • La primera la subí a Twitter cuando andaba rastreando los caminos del libros, en las otras, nosotros haciendo fila para recibir los números.
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defensa de l@s geminian@s

Que si somos así, que si somos, asá, que más da; nunca logran entendernos y siempre nos miran como bichos raros.
Bueno, no nos engañemos, un poco raros somos, pero los somos en razón de que nos salimos de la normalidad, tantos normales dando vuelta, para que más, para eso estamos nosotr@s, para variar, para hacer la diferencia.
Nos tildan de ambiguos, de contradictorios, de superficiales, cualidades todas que llevamos los seres humanos encima y más. Pero lo cierto es que somos a mi criterio personal, simplemente “aleatori@s” es decir, hoy podemos estar aquí y mañana allá, y pasado mañana quien sabe.
Hoy nos gusta mucho la escultura, y mañana preferimos sentarnos a tejer o a escribir, y pasado mañana quien sabe, intentemos hacer una película.
Nuestra capacidad es la de un satélite despistado que va picando aquí y allá, hasta que encuentra su lugar o hasta que la vida le dice, ya!
Somos saltimbanquis, trapecistas y equilibristas. Sí es verdad, de vez en cuando se nos agota la energía y lo único que necesitamos son días de descanso, para recuperarnos, para saciarnos y volver al ruedo. ¿Pero hay algo de extraño en todo esto?
Aire por excelencia, estamos en todos los elementos de la naturaleza, quién puede vivir sin aire, quien puede vivir sin un géminis en su vida, un géminis aleatorio.
Hay que reconocerlo, con nostr@s se la pasan genial, aunque algún que otro dolor de cabeza, podamos causar.
Sin más que decir, dejo librada mi escueta defensa, a su sentir y vivir.