El umbral y la ventana: la biblioteca como espacio de mediación cultural

Con este post, trabajo final del curso que da título a la entrada, me despido de uds y del año. En unos días parto de vacaciones. Me esperan familia y amig@s en otra tierra y también otros paisajes. Espero lo disfruten, como yo disfruté haciendo este trabajo. Escarbé. Escarbé mucho en mi niñez y sin embargo no está todo.

A mi regreso, los seguiré leyendo.

Qué la vida los bendiga! Muy felices fiestas!! 🙂

[…]

… el puente de Mostar, en Bosnia, destruido por las bombas en 1993.

En “Nuestra música” de Jean-Luc Godard, vemos el puente de Mostar en proceso de ser reconstruido gracias a la UNESCO. Y oímos al realizador decirle a una muchacha que le pregunta por qué las revoluciones no las hacen hombres más humanos. “¿Por qué? Porque los hombres más humanos no hacen revoluciones, señorita. Hacen… bibliotecas, por ejemplo”

de El arte de la lectura en tiempo de crisis, Michèle Petit

Cuando leí y vi el vídeo de Laura Devetach, me dije: “como haré para recordar los textos que me formaron, si tengo tan poca memoria de mi niñez”… y sin querer, a medida que leía y escuchaba, los recuerdos, las frases, las canciones iban saltando de aquí para allá, como semillas de maíz pisingallo que estuvieran dormidas y al calor del fuego despertaran abriéndose ante mis ojos.

Mi memoria iba ganando terreno. Iba ganando espacio dentro de ese gran sótano que pretendí, no albergaba  sino tal vez algunos recuerdos marcados a fuego. Sótano, que bien podría ser una celda.

Dice  *Graciela Montes en “de la consigna al enigma”

[…]

la de la celda y la del espacio ganado- son comunes a todos, aunque cada uno las viva a su manera, y adopten ambas, en cada vida, características diversas. Lo cierto es que a veces sólo vivimos, sin darnos cuenta de que estamos viviendo -funcionamos-, y, otras veces, nos sentimos vivir. […]

Sin duda y gracias a este trabajo, la cuestión del espacio, ha disparado infinidad de situaciones en mi memoria. Se ha abierto una puerta, una ventana. Y es a través de esa ventana-puerta que puedo descubrir una gran red de gestos, canciones, juegos  y frases que recorren el cuerpo, la memoria. Por ejemplo esta frase de mi padre que siempre me causaba intriga “se está muriendo mucha gente que antes no se moría” Entonces, yo me quedaba colgada como los murciélagos. Con la cabeza para abajo. No podía entender tanta verdad desnuda. O los puros de mi abuelo, armados bajo una pequeña ventana, con su aroma inconfundible. Los yuyos de mi nona curandera. Las canciones de cuna. La ronda de la batata y su paloma blanca. Las calles de tierra, las piedras en los bolsillos. Las chozas improvisadas con lona y palos, y la infaltable torta, en las latas de galletas terrabusi.

Hoy de grande, la voz de las narradoras que tanto disfruto y me emocionan.  Más, mucho más.

Todas situaciones, ocasiones, que de alguna manera, a mis ojos de niña celebraban el misterio.  Creaban un espacio mágico, singular.

Por ello me emocioné sobremanera, cuando pude leer en la intervención de Andrea Camardo en el foro del “espacio poético en la biblioteca” lo siguiente

“Entre los libros de la Videoteca, hay un catálogo de fotografía del Chaco, cuando los chicos descendientes lo descubrieron, la charla comenzó a fluir espontáneamente, me explicaban las imágenes de pesca, de casas con piso de barro, se sintieron identificados en un libro!!! su historia estaba en un libro, las imágenes que veían eran similares a los relatos de sus abuelos y sus papás…Les encantó ese pequeño-gran espacio de identificación que construyeron”

Ellos, como yo, podíamos reconocer nuestra historia. Y no sólo reconocerla, apropiárnosla.  Y volvemos a Graciela Montes*

“Sin duda el espacio propio deberá ser conquistado, o construido personalmente. Tiene mucho que ver con la historia personal de cada uno, con las experiencias y el modo de atravesarlas, y con algunas formas de decisión y de riesgo, por eso traté de definirlo en varias oportunidades como una frontera que no se rinde (o que no debería rendirse, al menos): “la frontera indómita”. El “lugar de uno”, que se construye y se defiende a cada instante”

Pero no fue hasta adolescente, cuando entré en crisis con la vida, que descubrí las posibilidades inmensas e infinitas que nos puede otorgar la lectura de un libro. En mi caso particular fue con el libro de Jiddu Krishnamurti “La libertad primera y última”.  Libro que abrió una gran ventana a mi vida, porque gracias a su luz, su nitidez y su frescura, amé leer.

Sí. Además de muchas otras cosas, soy lectora, una amante lectora y, como lectora pertenezco por opción y vocación a esa gran masa invisible de lectores.

Dice Graciela Montes, en “Las ciudades invisibles y sus constructores agremiados”

“Los lectores se engarzan en los lectores, se enlazan y  empalman con ellos. Los lectores son solidarios con los lectores, a los lectores los lectores les parecen gente interesante, están dispuestos a entregarles su tiempo, a compartir recuerdos y hasta prestarle sus libros”.

A su vez, los lectores somos pequeños mundos invisibles, construyendo otros mundos. Mundos sostenidos en un territorio- cuerpo –voz.

Entonces. Tenemos un cuerpo, que a su vez es territorio, que a su vez tiene voz, y que además ha de encontrar el espacio, esa “frontera indómita” para desplegar-se, encontrar-se y unir-se.

Haremos pues, trabajo de arqueólogos. Limpiar el terreno despacio, suavemente, hasta llegar a los huesos. Huesos que son huellas de una vida vivida y por vivir.

Territorio entendido en las palabras de un Indígena de la Sierra Nevada de Santa María.

“[…] El ordenamiento territorial no es solo demarcar o delimitar un pedazo de tierra. Es mucho más profundo. El ordenamiento territorial tiene dos partes: unas espiritual que se refiere al pensamiento y otra física que se refiere a la tierra. Esas dos partes siempre están unidas, no se pueden separar, pues el territorio es uno solo. Ordenar el territorio requiere ordenar el pensamiento”.

Como lectora arqueóloga. Como lectora puente. Creo redes, lazos, entre el mundo invisible de la biblioteca y el mundo invisible de los posibles lectores-usuarios. Es así que para poder ejemplificarlo me permití jugar y construí  una alegoría en relación a las Ciudades Invisibles de Ítalo Calvino.

Ciudad de Libros

Ex ­libris.

 

Ex libris, es una ciudad dentro de otra. Ex libris, es una biblioteca, ciudad de libros.

 Sus habitantes, insospechados algunos,  viven desde hace largo tiempo en la oscuridad. Ex libris, es la biblioteca imaginada y sus habitantes el sinfín de libros, revistas, discos y objetos que la habitan. Son habitantes pacientes, y esperan a ser rescatados del polvo de los años. Para ello, junto con un grupo de habitantes trabajadores y voluntarios, han construido puentes, para que la gente pueda acercarse a ella, a Ex libris, desde cualquier punto de la gran ciudad, donde esta ciudad crece. Ellos, los que buscan y suben escaleras, los que urgen y necesitan de un oído, son territorios ambulantes dentro de la ciudad. Ciudad que complacida, los alberga en su vientre para su propia recreación y beneplácito, de quienes la visitan. Se alimentan mutuamente. Se contienen, sostienen y expulsan con la misma intensidad que besamos a un ser amado.

Entonces, los habitantes trabajadores y voluntarios se transforman en una especie de arqueólogos de la palabra, de los gestos, esperando develar los signos, la voz que contiene ese otro cuerpo textual, ese otro cuerpo vital individual o colectivo. 

El trabajo arqueológico  para dar con los huesos-vida, resulta imprescindible a la hora de transformarnos en mediadores culturales desde ese otro gran cuerpo, ese otro gran territorio que es la biblioteca. Territorio habitado por habitantes primitivos, alucinados, conspicuos, bohemios, sesudos, sabios, etc.  Habitantes que como el propio cuerpo, espera ser encontrado, habitado, liberado a otras huellas, a otras voces, a otros territorios.

El cuerpo, como territorio de un mundo particular y colectivo. El cuerpo, como mapa de una vida. Enredándose. Creando espacios, albergando a otros mundos, lectores o no.

En la ciudad de Ex Libris, el territorio y cuerpo  de un mapa cultura, se construyen puentes invisibles desde anaqueles. Desde el lomo de un libro, el ritmo de una canción. La tensión de una película. Puentes  hacia otro ese otro territorio humano, ese cuerpo humano que anhela el juego, el disfrute entre los signos, que anhela saber, intimidad con el autor y el placer de poder compartirlo.

Puentes que se tienden de un territorio a otro, para construir otros mundos posibles, otras ciudades invisibles, posibles de ser transitadas por diversas voces.

Puente / territorio / voz / cuerpo. Senderos para transitar la ciudad de Ex Libris, encontrarse, des-encontrarse y volverse a encontrar.

 

Ex libris, palpita bajo un cielo nuevo. Es un cuerpo que trasunta gestos, silencios. Que deviene en lengua, signo, lenguaje, palabra y verbo.

Dejo una muestra del puente que hemos construido  quienes asistimos al círculo de lectores, el cual coordino, “Nos leemos para encontrarnos”

Leímos a Alaíde Foppa

El corazón

Dicen que es del tamaño

de mi puño cerrado.

Pequeño, entonces,

pero basta

para poner en marcha

todo esto.

Es un obrero

que trabaja bien,

aunque anhele el descanso,

y es un prisionero

que espera vagamente

escaparse.

Luego,  ML

 _ ¿qué cosa el corazón?  A mí  me da mucha tristeza, bah, pena, cuando los médicos abren el pecho, lo sacan, lo manipulan.

_ ¿Por?

_ Y… qué sé yo… será porque tengo la sensación de que allí se asientan todas las emociones, las tristezas, las alegrías, el amor. Y que lo manipulen así como lo hacen, me da mucha pena.

_  ¿Sabías que el corazón, es el único órgano del cuerpo humano que no se enferma de cáncer?

_ ¿Mira vos? ¿Y eso?

_  No sé, me enteré el otro día. Para pensarlo ¿no?

Silencio

Leemos a Augusto Roa Bastos, con la sensación del corazón en nuestro corazón y en el corazón del autor.

***

 

Ex libris es también sueño, posibilidad.

***

Enlaces a los videos de Laura Devetach “la construcción del camino lector”

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