transformers…

Cuando abrí los ojos, tomé conciencia. Entre la modorra y la pesadez, sabía que algo no estaba bien. Pasado unos instantes pude registrar mi cuerpo y dar cuenta que durante la noche había mudado, o mejor sería decir: trasmutado. Me levanté con sigilo y viajé hacia el único espejo de la casa que habita en el baño. Lento, muy lento comencé a asomar por el costado derecho y me vi; o dadas las circunstancias, digamos que la vi. Sí, definitivamente había mudado;   hoy amanecí convertida en Sumo, no Zumo  de naranja o mandarina que son tan ricos. Sumo, como esos gladiadores japoneses en versión agigantada.
En un acto de desesperación, intenté burlarme frente al espejo con la intención de que las muecas locas y retorcidas que hacía con el rostro y mi boca, debilitaran esta extraña manía que tiene mi cuerpo, de tanto en tanto, de retener durante la noche, la mayor cantidad de líquido posible. ¿Serán sueños que no logran parirse y  quedan atrapados entre la piel y la carne? ¿será?
Espejito, espejito, quién habita ahí. No hay caso. Los ojos siguen hinchados, las arrugas han dejado una huella sutil, como pequeños brotes que no dan cuenta de mi edad.
Todo sigue igual pero distinto. Salvo mi mirada, que para satisfacción y placer de quien escribe, sigue resplandeciente, límpida, asombrada.
Sí señor. Eso es un gran alivio.
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