Lola

Era una noche cálida, de esas que se adelantan al nacimiento del otoño, presagio de una aventura, de una enmascarada primavera. Ella, Lola, eterna soñadora, se refugiaba en su sofá de terciopelo azul.
Cansada y desnuda había logrado dormirse asida a un recuerdo, que como un fantasma inquieto y de soslayo conspiraba contra sus emociones, mientras que una brisa suave se colaba por el balcón y la acunaba sigilosamente.
Cuando despertó a la madrugada su cuerpo brillaba en sudor y sus manos entre sus pechos hurgaban recuerdos.
No quiso abrir los ojos, no quería reconocerse ni mirarse ni observarse, todo para no saberse. Copiosa e inundada por flujos y humedades su cuerpo se abría como una flor al sol.
Lentamente y con los ojos aún cerrados, comenzó a bucear palabras, frases mutiladas y en cada silencio intentaba ahuyentar el sueño vívido, que arremetía sin piedad sobre su piel, sus anhelos, sus dolores. Había comprobado una vez más, que no alcanza con retirarse la máscara que tan bien conformamos delante de los otros, sino que detrás de esa, se hallaban otras y aún más, como la piel de una cebolla.
¿Cuándo llegaría a la verdad?…
Entonces el reflejo del sueño en ese instante fue su verdad, la de muchos que como ella, solo se permitían ser a través de los sueños. Tomó una decisión, vivirlos.
Esa mañana mientras se duchaba pensó en los próximos pasos a seguir, y luego de vestirse parsimoniosamente y con colores ajenos a su manera, partió a un bar. Allí se sentaría en una esquina indefinida, para observar cuanto tuviera ganas y detenerse en la mirada de algún hombre. Fueron muchos días de intentarlo. Al quinto de esa mañana fresca y nítida, acertó con la mirada que tanto buscaba, él parecía un hombre afable, sereno, muy acicalado, “¿sería contador?, se preguntó, no lo creo, pensó, tiene aire de intelectual, de artista acomodado a los tiempos que corren”
Ante tantas dudas decidió observarlo con detenimiento. Con sus ojos grandes como una luna bañada en miel, se detuvo en su imagen, así logró que él se fijara en ella. La miró y le esbozó una sonrisa, procediendo a instalarse en el extremo opuesto del bar.
Desde allí jugaron largo rato entre inquietantes dudas y certezas.
Lola atinó a levantarse, pagar su café y salir a la calle. Él hizo lo mismo y la siguió.
Se alcanzaron en los semáforos de una calle desierta, la rozó con sus manos y sin mediar palabras se encaminaron a un hotel, de esos, que albergan amores, deseos, desencuentros y fantasmas pasajeros.
En la cama con mucha sutileza y lentitud, él la había desvestido. Lola se dejaba hacer. Lo besó con ardor y lo acarició con cierta premeditación, esperando la entrega, la embestida. El tiempo detenido atestiguaba un placer robado de una esquina de la vida.
¿Se disfrutaban o se buscaban?
Cuando Lola salió a la calle, su aire como el de la vieja ciudad era nuevo, su apariencia extraña.
La ventana de su cuarto denunciaba el nuevo día, el devenir, y allí estaba con su vestido rojo, descalza, sentada al borde de la vida, oteando el gris de la ciudad.
Hastiada y devuelta a sí misma dormitó hasta el anochecer.
Cuando sus ojos mojados por lágrimas sempiternas no la dejaron ver con claridad, se levantó, respiró profundo y como quien camina por la orilla de un abismo, miró las distancias que la separaban de la vida. Se asustó, pero el pánico no pudo detener el sueño y su cuerpo se estremeció en un último estertor, sobre una vereda coronada de hojas viejas.
Suspiró. Un hilo de vida sangrante, lloraba ante tantos sueños rotos.
*****
Obra: sin título
Mónica Goetze
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