Detrás de las palabras

Fue una noche confusa, oscura.
Los nervios la habían traicionado más de una vez, y él como sin querer cada tanto la escudriñaba con el instinto en los ojos.
En el bar se esparcían las carcajadas de todos sus amigos. La charla, entreverada por lo que decía uno u otro, era una gran telaraña de palabras con sentido que se agolpaban a su oído. Entones ella alcanzaba a registrar en el fondo de su conciencia el deseo agazapado de todos, incluso el de sí misma. Entregarse a un cuerpo que los acariciara y les hiciera sentir tan sólo por algunos momentos que alguien los amaba.
Las risas por así decirlo eran un derroche de energía sexual, de una energía sexual extrema, abultada en cada uno de ellos.
El vino hacía lo suyo, y convertía ese deseo en otro, el de seguir bebiendo para olvidarse que todos al fin y al cabo se sentían inmensamente solos. Cada tanto, como obstinada ante los ojos de él, prendía en los suyos destellos fugaces y lo miraba desde adentro, intentando captar quizás su apetito, sus ansias o sus dudas.
¿Quién era esa mujer que se le presentaba irremediablemente atractiva y que a la vez le inspiraba temor? ¿Quién era ella, para permitirse encenderlo por dentro y por fuera sin ningún pudor? Él no lo sabía; sin embargo ella demudaba por instantes y alcanzaba a comprender esa mirada, que la provocaba y la dejaba desolada en un mundo donde entregarse era asumir el riesgo de volver a enamorarse, cosa que no deseaba le ocurriera. El dolor de perder a la persona amada, era una llaga extensa que se le presentaba en momentos como ese.
La noche siguió deambulando entre esos seres casi extraños entre sí y mágicamente, hartos de hablar del revés y del derecho, acordaron regresar cada cual a su inevitable soledad.
Ella y él volvieron juntos. En silencio.
En el trayecto, desprendieron algún que otro pensamiento como para no eternizar el momento hasta llegar cada quien a su hogar. Se presentían, se ansiaban, a la vez que intentaban escaparse de esa sensación porfiada, impertinente.
El recorrido había llegado a su fin y él se propuso acompañarla hasta la puerta; antes de despedirse la observó ¿desde el fondo de su instinto? ¿de su alma?, no lo supo, no pudo saberlo porque en menos de lo pensado ambos se besaban ferozmente, sus bocas eran una, recorriendo la piel y el rostro del otro. El aire parecía faltarles, las manos no atinaban a detenerse en ningún lugar. Como desesperadas se buscaban y se hundían bajo la ropa. Se detuvieron, cada quien frente a los ojos del otro y como asintiendo a tal desenfreno, continuaron. En la cama no había excusas. Él parecía querer comérsela viva y bebérsela de un solo trago, en cambio ella se deslizaba entre suave y furiosa por su cuerpo, acariciando, mordiendo y descendiendo desde sus labios hasta su sexo, sus pies.
El deseo ardía en la piel, en las ganas, en las ansias de sentirse amados, deseados. Pertenecer.
Las carcajadas del comienzo de la noche, ahora eran tímidas sonrisas que se perdían entre silencios confusos y palabras sueltas.
La habitación impregnada de un aroma excitante los envolvía y ellos acorralados en una pasión expresa, no alcanzaban a desintegrarse en el otro. Fue entonces cuando él ya no pudo más y la quiso escuchar dentro de su sexo. Sabía por experiencia, que ya en su interior, podría captar otros mensajes, humedades que traen en la memoria viajes imprescindibles para llegar a la vida, cavidad exultante y provocativa, que incita a perderse y no querer volver de ese pequeño paraíso.
La besó despacio como pidiendo permiso, luego fueron sus manos suaves las que husmearon sin reservas la fuente inagotable de tantas fantasías y por fin, cuando ya no pudo tolerarlo, cuando el cuerpo pedía a gritos que se uniera a ella, la penetró, lento muy lento, para ir creciendo con ella, conmoverla y aletargarse cuando todas sus fuerzas desaparecieran en el estallido final del orgasmo, que revela y delata el final del juego.
Se adormecieron con las manos entrelazadas y sin proponérselo descendieron al fondo de su ser. Transcurrieron algunos minutos cuando él pregunto algo que ella respondió sin muchas ganas, exponiendo casi sin querer sus propios miedos.
Se supieron solos, carentes, desmedidos, invadidos, y con un beso fugaz él se vistió parsimoniosamente, avistándola por momentos para luego irse con una sonrisa temerosa prendida en su ser.
Ella se quedó percibiendo, tratando de entender tanto fuego que ahora se apagaba lento en su piel, pero que dejaba huellas inevitables, sonidos latentes, que sabía podría encender con solo quererlo.

Todo esto que les cuento, lo puedo decir, porque yo, imagen holográfica suspendida en el espacio, fui testigo mudo, de esos dos seres desesperados, intentando descubrirse en el otro. Y si he de ser sincera, de a ratos tuve ganas de materializarme e invadir esa alquimia prodigiosa, riesgosa, que emana del encuentro de cuerpos desnudos, desvariados, náufragos en una misma barcaza, sobre el océano profundo e infinito que es la vida.

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