Nota en rojo

Su cuerpo semidesnudo y provocativo, yace sobre la cama desordenada, blanca. Sus pechos desmedidos, translucidos invitan a observarlos con una mirada de amante amoroso, al que se le ha negado la lactancia. Él, no puede creer lo que ve.
Recorre milímetro a milímetro con sus ojos la sinuosidad de ese cuerpo que tantas veces amó. A simple vista no distingue herida, ni golpe que pudiera haber anticipado su partida de este mundo imprevisible. Solo atina a sentarse a su lado y en un mutismo casi parecido al autismo, deshoja una flor que había cortado ese mediodía, para decirle con el corazón en las manos y el alma en vilo, que estaba decidido a partir.
Lo había pensado, sopesado y lo mejor para sus vidas, era justo lo más terrible, lo más doloroso y quizá lo menos predecible.
En un momento le pareció que su amada respiraba, se puso de pie y la miró desde arriba, y con un trémulo suspiro y un gran dolor en el pecho, se dejó caer junto a su corazón. Pensó en lo ridículo de la situación. Se sonrojó y esquivó la mirada, como si alguien desde algún lugar de la habitación extrañamente ordenada, lo midiera en cada acto, cada gesto.
Atardecía.
Los reflejos de un sol rojo, extremo, lo empujaba a amarla mucho más de lo que la había amado. Cuando los rayos atravesaron la piel del cuerpo yerto, supo de la transformación que estaba sufriendo sin que él lo pudiera notar. Sus brazos, largos y extremadamente flacos, se habían desplazado y en el intersticio una textura frágil y colorida como las alas de una mariposa, tomaba su lugar; su cabello crecía sin intermitencias y sus pechos, hermosos por naturaleza, de pronto adquirieron un brillo singular, como si del centro mismo del pecho, una luz azulina la invadiera y la rescatara del gris amarillento de la muerte. Muerte tantas veces simulada, provocada y que al fin ocupaba su lugar.
Sorprendido y sin poder escapar del asombro, recorrió el comedor buscando algo que le indicara una certeza o una locura, pero lo único que halló, fue un pedazo de papel rojo como la sangre, escrito por ella, con tinta negra.
Comenzó a leer lentamente, casi con miedo, con temor:
“Mi querido, como explicarte en pocas palabras lo que siento. Como contarte del dolor inmenso que embarga mi pecho desde esta madrugada, momento en que desperté de tener un sueño terrible, oscuro, agotador. En él, me decías que por fin, habías tomado la decisión de volar a otros mundos, otros lugares, en busca de esa libertad holográfica, virtual. En mi desesperación y bañada en lágrimas, rogaba que no te fueras, entonces te levantaste de tu silla y sin decir nada, abriste la puerta y desapareciste. Inquieta y aturdida como estaba, corrí tras la luz que entraba por el pórtico y cuando quise darme cuenta, ya estaba de este otro lado de la vida, del lado que no vemos, ni podemos tocar. Lloré, lloré tanto, que alguien de los que están de este lado, se compadeció de mí y me dio la oportunidad de despedirme de vos. Pudiendo así escribirte esta nota, que espero leas antes de que la transformación haya terminado.
Sí, no te asustes pero ante tamaña desventura y la imposibilidad de recuperar mi vida, elegí volverme mariposa. Eso es algo que nos conceden a aquellos que hemos sido capaz de amar profundamente alguna vez, y por supuesto, nadie mejor que vos sabe la inmensa felicidad que me provoca ser mariposa.
Una cosa más, que supongo no debería decirte, de este lado algunos son guardianes y otros ángeles traviesos que juegan con los niños, los demás de una forma u otra volvemos transformados. No sufras, estoy muy bien.”
Sudado y atemorizado logró despertar con su propio grito de desesperación.
Giró a su derecha y vio lo que nunca hubiera deseado ver.
Una mariposa juguetona, salpicada de colores incandescentes revoloteaba a su lado, y en el lugar de su mujer, una nota en rojo.
Obra: La mariposa
Oscar Campos
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