El sueño


Había una vez, un amigo, de esos que andan dando vueltas por el mundo, por aquí, cerquita, casi a veinte cuadras de mi hogar.
En honor a la verdad diré que es un ser bastante particular, generoso, bueno, ahora cuando se enoja, te recomiendo que corras. El caso es, que este muy querido amigo, suele tener, va, que digo suele, casi de manera permanente tiene sueños un tanto raros. En ellos, todos sus personajes mayoritariamente aves, sufren una especie de metamorfosis increíble. Verdad es que en los sueños todo es posible de ser, hasta lo inimaginable, como ciertas situaciones de la vida que no alcanzamos a comprender.
Hoy vino a visitarme y entre mate y mate, desandamos el mundo. Lo pusimos patas para arriba, patas para abajo. Deconstruimos ideologías; y por supuesto navegamos felices sobre nuestros sueños soñados. Cierto es que los míos son bastantes extraños también, pero por otras razones que no vienen al caso en esta historia.
Este amigo, que vamos a llamar Anastasio, para no ponerlo en evidencia, comenzó a relatarme un sueño que hubo tenido el día anterior a su visita a mi casa. Sus palabras pintaban paisajes apacibles y sus piernas deambulaban junto a otras piernas por un camino desconocido pero bello. En medio de semejante naturaleza, Anastasio logra ver una lechuza que lo observa inmóvil, silenciosa, atenta. No podía dejar de mirarla, cuando ella, ave filósofa, hizo un giro sobre sí misma y comenzó a bailar desbocada, poseída, para luego detenerse y empezar a cantar con esa voz tan particular que tenía Freddie Mercury.
Anastasio, fascinado con lo que estaba sucediendo, gritó y vociferó a sus otros acompañantes, para que no se perdieran el espectáculo del que él, estaba siendo único público. Cómo nadie respondía a su llamado, se volvió sobre sí para continuar observando. La lechuza, vuelta a su quietud, soltó una lágrima que enjugó en una de sus alas, extendió un rollo pequeño parecido a negativos de fotos y colocó su lágrima vertida allí, volvió a enrollarlo y lo guardó dentro del ala de donde lo hubo extraído. Anonadada como estaba ante semejante figuración, no acertaba a decir palabra. Enmudecida y absorta miré a mi amigo.
Solo después de algunos minutos, pude observar, como traspasaba el umbral de mi casa, llevándose en su pico la última galletita testigo de nuestro encuentro.
Me quedé con ganas de relatarle mis sueños, pero qué importa, si sé que cuando levante la vista, lo veré apoyado retozando o soñando en la rama de algún viejo árbol de los que circundan mi barrio, mi ciudad. Quizás hasta me brinde canciones a lo Freddie Mercury y por que no, alguna vez quiera escuchar mis sueños.

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