por la tarde

Llegó como todos los jueves, con su infinita humanidad. Traspasó la puerta, extraño, como si quisiera ocultar algo.
Su cabellos blancos y su cuerpo, no condicen con su edad, y él, parece sentirse el hombre más libre, como si estuviera más allá del bien y del mal. Lo está.

Se acercó al mostrador, con esos ojos de niño pícaro y luego del consabido saludo entre abrazos y besos, colocó los libros para su devolución frente a mi. Cuando quise darme cuenta, tenía entre mis manos, una rosa roja exquisita.

Me dijo: “son de mi jardín y no tienen espinas”.

Me emocioné y agradecí. Luego le recomendé un libro (como casi siempre), y él se fue con “Vivir para contarla” de Gabriel García Márquez.
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